

A veces no sé muy bien si esto de la música merece realmente la pena o simplemente es una manera como otra de perder el tiempo. En esos momentos valoro todo lo que tengo y recuerdo que cantar no es sólo estar en un escenario y pretender ser capaz de trasmitir sentimientos, si no una manera de vivir, con lo bueno y con lo malo.
Con los bajones, decepciones e ilusiones que lleva consigo una apuesta en la vida por un modo de vivirla, partimos una vez mas desde Granada hacia Madrid Fede Comín (compañero de viaje siempre para las duras y las "masduras") y yo. Con un solo deseo, caminar buscando un espacio donde poder contar lo que sentimos y vivimos y llenar cada vez más esa bolsa en la que se guardan todas las decepciones y alegrías llamada experiencia.
Lo bonito de un viaje son las cosas inesperadas, volver a casa con más de lo que habías planeado y sentir que la travesía no sólo enriquece, sino que te hace formar parte del camino de otros viajeros, que más tarde, si se da el escenario apropiado y las conexiones oportunas, se convierten en grandes amigos.
Si tenemos como escenario el Búho Real y como conexiones el mundo musical y el gran Adán Latonda (pianista amigo común), nos da como resultado conocer a César Rodríguez.
Fue este un afortunado encuentro, como pude observar un par de meses después al ver la sonrisa patente en el rostro de las 90 personas que vinieron al concierto de César en Granada.
Ahora mi balanza que oscila entre las razones para continuar en la música y las que me invitan a colgar la guitarra, deja de moverse para ceder hasta el lado de seguir compartiendo canciones y sueños, porque aun hay personas que merecen la pena y cuya integridad manifiesta invita a seguir caminando.
César, un abrazo de un amigo