

Hace muchos años, me pasó algo curioso. Conocí a una chica encantadora en un bar, bonita de las que hieren, inexplicablemente sola, y que gracias a uno de esos regalos del destino, quiso venir a preguntarme a mí si el tren a Madrid se cogía muy lejos de allí.
Yo por supuesto me lancé a acompañarla, aunque estuviera solo a cuatro manzanas. En el camino me contó que su chico la había dejado plantada, que era un cabrón, que estaba harta en fin, que entonces ocurrió. Entremezclando en la conversación tonterías, risas y desacuerdos, me dijo, que su autentica pasión eran los cantautores. Dios...
La mayoría de los órganos vitales de mi cuerpo, se unió a la fiesta del resto de mis órganos. La sangre empezó a correr a toda hostia por mis venas y entonces se lo dije: NO JODAS, pues yo canto.
No surtió el efecto deseado. En realidad, no se lo creyó. Pero no sé como la convencí de que se viniera conmigo al lugar donde yo empecé a cantar, el teatro GURDULÚ; un café de cantautores, cuenta cuentos, actores y demás titiriteros, donde cada viernes había actuación... Ahora ha cambiado un poco, pero entonces era un local rectangular, alargado y con un escenario al fondo, donde apenas, apretados, entrarían cincuenta personas.
Bebimos, reímos, bebimos, hablamos, bebimos y escuchamos a un chaval de pelo raro tocar canciones de las que no me acuerdo. Pero sí recuerdo que cuando cantó una que hablaba de un amigo suyo yonkie o algo así, aquella preciosa mujer rubia me cogió la mano por primera vez. Luego, un par de canciones después, al cantar algo de no sé cuantas cadenas, aquella chica me susurró algo muy despacio en el oído. Y por fin me besó, mientras aquel tío cantaba "no me importa levantarme de resaca, siempre y cuando, el camión del tapicero madrugue conmigo". Eso sí lo recuerdo. De aquella noche, no mucho más.No supe más del chico del pelo raro, porque ni siquiera memoricé el nombre, y mucho menos la cara.Y la vida pasó, y también los días, y también los años...
Y fue cuatro años después, un jueves gris, cuando un servidor, con las venas llenas de alcohol y las manos llenas de pena, descubrió que la casualidad es cosa ciertamente impresionante, pues después de engañar al olvido con el decimoséptimo vino, en un pub de actuaciones, me pasó algo increíble. Salí a la calle, llovía, y aún con la puerta de aquel pub abierta, una rubia que pasaba me preguntó si quedaba muy lejos el metro, justo en el momento en que el tío del escenario, en esta ocasión con el pelo casi rapado, cantaba aquello de "y no me importa levantarme de resaca, siempre y cuando, el camión del tapicero madrugue conmigo".
Eso sí, memoricé - a pesar del vino - nombre, cara, y peinado...
Saludos compays...