

«Tengo muchos recuerdos de el que es mi barrio, Entrevías. Allí he pasado toda mi vida y he crecido como cualquiera puede hacerlo en un barrio humilde y obrero en el que todos los vecinos eran amigos y todas las calles eran una sola...»
No recuerdo cuando por primera vez
abrí los ojos.
Si recuerdo cuando comencé a leer,
sin poco a poco.
Muchos niños que nacieron a la vez
tuvieron todo, y yo, aun queriendo, no lo pude tener.
Y, por eso, yo quiero seguir viviendo
donde ahora lo estoy haciendo,
he pasado mucho tiempo rodeao de amigos.
Y seguirme despertando de resaca, siempre y cuando
el furgón del tapicero madrugue conmigo:
«se tapizan sillas, sillones, tresillos, butacas,
mecedoras, descalzadoras, a domicilio señora».
Echo de menos a ese humilde afilador
acariciando su harmónica al son del viejo ciclomotor.
Cientos de puertas con bolsas colgadas
esperando que el butanero realizara su llamada.
Esos mil líos de faldas que he dejado a mis espaldas
para establecerme en serio, o por lo menos eso intento.
Hiciera calor o frío,
quedábamos junto a mi puerta
con dos torres de galletas
yo y mi mejor amigo.
Pero estoy contento porque allí sigo viviendo,
a pesar de to’ las cosas que me han ido sucediendo.
«César, déjame el rotulador azul clarito.
Coge cualquier otro, ese no,
que es mi favorito».
No importaba nada, todo era segundo plano,
a menudo preguntaba a cualquiera de mis hermanos
«¿qué es lo que le ocurre a la vecina de la esquina?
siempre se entera de todo la tía,
¿no será un poco cotilla?».