César Rodríguez

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Reportaje en El Mundo - Roberto Bécares

César Rodríguez, de amigo a amigo

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Hace cuatro años, a César Rodríguez, sorprendido por los recovecos que la Red ofrecía, se le ocurrió meterse en un canal de discusión de su mismo nombre, creado por uno de sus fans. Se presentó como quién era, el cantautor que comenzaba a labrar su propia parcela en la música, cuyas maquetas se pasaban ya de mano en mano por toda España. No le creyeron. De hecho, le echaron. De su propio canal. Cuatro años después, sigue entrando a ese canal. «Ahora charlo con ellos y tan bien», dice sonriendo. Todo con la misma naturalidad que la primera vez. César Rodríguez, vallecano de 27 años, pelo rapado, barba estos días con aires a Lincoln, mirada glauca, aires de joven tranquilo, pertenece a esa sigilosa estirpe de cantautores que desparraman acordes por locales de Madrid, de toda España.

Y sólo con eso, ya alcanzan significados. «Si con la música que yo hago se puede conseguir algo, yo encantado. No me importa tocar por la cara por algo que merezca la pena. Lo he hecho muchas veces y lo seguiré haciendo», afirma tajante.

A este tipo de artistas sólo se les conoce por amigos, sus caras no están en las tiendas de discos, de sus actuaciones, en locales pequeños, te enteras de oídas. Existe una especie de muro invisible que les separa de la mayoría del público, quizá con gustos hipertrofiados por lo que le inyectan en la radio comercial. De ahí que sus actuaciones, las de César, las de Antonio de Pinto, Jesús Garriga… sean siempre de un intimismo brutal, de amigo a amigo.

«Yo escribo para mí»

En sus letras, César trata los grandes temas de la existencia bajo el prisma de alguien que apunta a la madurez de la treintena, pero en verdad, acaba de empezar a andar. «Yo escribo para mí, pero me llama mucho la atención que alguien se acerque y me diga que se ha sentido identificado con alguna canción. Te das cuenta de que nos pasan las mismas cosas; sólo cambian las caras y los escenarios». Amor, desamor, arrepentimiento, desazón o esperanza van nimbando sus melodías hasta hacerlas asombrosamente análogas a tu propia experiencia.

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Unas veces son metas atravesadas, otras etapas a medio camino, simples proyectos y de vez en cuando, algún abandono; pero siempre con la mirada adelante. Sus letras son la poesía de una generación siempre en búsqueda, en trayecto constante. «Hablo de las cosas sobre las que me apetece cantar. Es una manera de desahogarme».

Y esas realidades aparecen durante todo el día. Igual le sorprenden yendo en el bus, tomando un café, hablando con alguien. Es entonces cuando memoriza la idea, la melodía o si no lo apunta en el móvil o se llama a su casa para recordárselo y retomarlo luego. «Aunque no existen horarios para componer, prefiero tocar por la noche. Todo está más tranquilo», explica.

A César le introdujo en la música el propio César, pero el niño que tropezó con una guitarra perdida por casa y empezó a tocar. Primero, sacaba de oído los acordes de canciones conocidas. Nunca estudió Música como tal, pero se enriquecía picoteando de allí y de allá, de Silvio Rodríguez, Alejandro Filio o Javier Ruibal, entre otros.

Más tarde, saldrían creaciones propias. En 1997, después de haber grabado varias maquetas, fue seleccionado junto a Carlos Chaouen o Quique González para grabar un doble cd recopilatorio: Cantautores: La nueva generación.

Él seguía rellenando cuadernos y cuadernos. «Me gusta mucho tocar por el simple hecho de tocar y van saliendo cosas, al igual que me gusta escribir y no sólo música». Su estreno fue en una sala del Paseo Extremadura -«estaba muy nervioso»-, aunque sus primeros pasos se sitúan en la Redacción, en Huertas. Las actuaciones iban saliendo, el boca a boca funcionaba.

Emilio, su amigo y manager como él le califica -«me ayuda muchísimo»-, montó la página web oficial, donde se pueden descargar sus canciones. «Yo antes de ser músico, soy público y entiendo que es muy difícil comprar un disco por 24 euros. ¿Por qué no darle a la gente la música que quiere escuchar?», se pregunta.

La grabación de un disco

La grabación de un disco en solitario se presume cercana, pero no a cualquier precio. Tal y como está montado el mundo discográfico no parece convencerle. «Yo quiero que la gente me escuche por lo que yo hago, no por lo que quieran hacer conmigo. Lo veo todo un poco corrupto. Yo quiero vivir de la música, no forrarme», asevera.

Entretanto, no parece preocupado. Seguirá recorriendo pequeños y medianos locales, como el Búho Real o la Sala Garibaldi, donde el sábado actuó, para que sus letras "la gente las interprete como quiera, se las lleven su terreno, les pongan su cara".

Seguirá ruborizándose cuando alguien le pare en el Metro y le diga: «Tú eres César Rodriguez, ¿no?». Y él asienta con sonrisa de niño bueno. Y él o ella le diga que le ha gustado esta o aquella canción. Y él dé de nuevo una sonrisa de mil gracias.

Algún día, quizá, seguramente, llegué el gran salto y agarre la resbaladiza fama. «Igual tengo que dejar de tocar en el Búho Real», bromea, porque en el fondo sabe que a él, como a casi todos los cultivadores de la canción de autor, nunca se les olvidará lo que es cantar de amigo a amigo, al otro lado del muro invisible.


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